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(Publicado por Cuadernos para el diálogo nº 32, julio-agosto, 2008)
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¿Qué Europa queremos?
Por Damián H.C.
En el año 2005 en Francia, el 57% de los electores que participaron en el referéndum para la ratificación de la constitución europea votaron en contra. Sólo unos días antes, el ministro de exteriores francés, Michael Barnier, había formulado la siguiente pregunta ante las cámaras de la televisión francesa: “¿Para qué queremos el proyecto europeo?”, a lo que él mismo respondía con la entonación de quien esta revelando una obviedad: “para protegernos de EEUU, de China, de Rusia, de India, de Japón…”. Días después, diversas encuestas revelaban que los franceses que habían votado en contra eran agricultores, obreros, funcionarios y jóvenes, mientras que la mayoría de votantes partidarios del sí eran altos directivos y personas que desempeñaban profesiones liberales. Pasados tres años de aquel referéndum, y tras un proceso de reforma que, desde un principio se hizo evidente, no pretendía cambiar tanto los contenidos del proyecto como las estrategias políticas para lograr su ratificación, hemos podido comprobar que no valió de nada quitarle el carácter constitucional al documento y pasar a llamarlo Tratado de Lisboa, ya que, una vez más, el pasado día 13 de Junio, Irlanda volvió a decir que no.
Ahora es justo recordar cuando en febrero del presente año, el parlamento europeo aprobó por mayoría este mismo tratado, y cómo ante la prensa y en los mismos pasillos inmediatamente después de la votación, los europarlamentarios que habían votado en contra fueron menospreciados, siendo considerados como meros “grupúsculos radicales aislados”. Y digo que hay que recordarlo porque una de las europarlamentarias desacreditada fue la irlandesa Mary Lou Macdonald, quien, ya entonces, había anunciado que en su país, Irlanda, sí estaría sujeto a escrutinio democrático un Tratado de Lisboa que “da carta blanca a la erosión de la democracia, defiende una Europa de la paz reforzando la industria armamentística, y proclama una Europa solidaria con el tercer mundo firmando acuerdos internacionales que obligan a los países más desfavorecidos a doblegarse a la voluntad de los más fuertes”.
Sin querer profundizar en valoraciones sobre las consecuencias socioeconómicas que puedan depararnos los contenidos del Tratado de Lisboa, que en cualquier caso no serán otras más que las previsibles de la aplicación de la lógica económica dominante, como por ejemplo, el aumento de los recursos públicos destinados a proteger los intereses de las empresas europeas ante la inminente apertura de mercados internacionales, aplicando reducciones fiscales, dando apoyo financiero y otras facilidades a la empresa privada, etc. Y en este sentido llama la atención la escasa inversión privada en I+D de las empresas europeas, acentuándose en algunos países miembros como España donde, según se desprende del trabajo Ciencia, Tecnología e Innovación publicado el pasado mes de marzo por Eurostat, la inversión pública en I+D durante el año 2007 ascendió hasta el 0,85 % del PIB, mientras que la inversión privada en I+D no superó el 0,27% de PIB, cifras ridículas si las comparamos con el 3,46% que destinó Finlandia, o el 3,86 % de Suecia. Pero como venía diciendo, sin querer profundizar en dichas valoraciones, lo que es evidente es que la idea de una Europa social elaborada sobre la base de la “carta de los derechos fundamentales”, y construida con la participación del conjunto de los ciudadanos europeos a través de un vasto movimiento social, no esta contenida en el Tratado de Lisboa. Existe una referencia cruzada a la carta de derechos fundamentales pero no obliga a los estados miembros y el gobierno de Gordon Brown ya ha hecho público su negativa a acatarla.
Kant definió la “estupidez” como ausencia de juicio, una “enfermedad sin remedio”. En contra de lo que muchos políticos, y no políticos, piensan, el ciudadano europeo no es estúpido.El proceso de información, tanto a favor como en contra, que precedió al referéndum francés sobre la constitución europea en 2005, tuvo cierta intensidad. La consecuencia de una sociedad informada que discute, que participa, que debate, significa implicación directa de los ciudadanos en lo construcción del espacio social común, lo que Ralf Dahrendorf, Sociólogo y ex-comisario de la Unión Europea, llamaría “libertad activa”. Igual intensidad tuvo el proceso de información que experimento la sociedad irlandesa cara al referéndum del pasado 13 de junio, y también en esta ocasión ganó el voto en contra. Sin embargo, a pesar de estas dificultades, y contrariamente a lo que pueda parecer, en el caso irlandés no hay una oposición frontal al tratado, ni por parte de los grupos políticos ni por parte de los votantes, incluidos los partidarios del no, sino, desacuerdos formales en algunos de sus artículos. Al menos ésta es la conclusión que podemos deducir de los contenidos en los eslogan y consignas de unos y otros, y en las opiniones manifestadas por aquellos votantes que aseguraban tener criterios suficientes de decisión, a favor o en contra, quienes, según el índice de participación, un 51 %, han sido pocos, aunque bastantes más que en los referéndums donde el sí ha prevalecido.
Por otro lado, la escasez de este tipo de plebiscito nos lleva a hacernos la siguiente pregunta: ¿existe miedo en los gobiernos a convocar referéndums? Es verdad que estamos demasiado acostumbrados a ver cómo los mismos grupos políticos utilizan el referéndum como parte de sus estrategias partidistas de oposición o de gobierno, confundiendo premeditadamente referéndum y proceso electoral, tratándose de dos procedimientos diferentes con funciones diferentes, sin embargo, la búsqueda de consensos dentro de la esfera, más o menos impermeable, de la política profesionalizada, explica mejor dicha escasez y, en gran parte también, el creciente distanciamiento del ciudadano respecto de la vida política.
Para darse cuenta de la distancia que parece existir entre el ciudadano y la clase política a la hora de entender Europa y de querer Europa, basta ver cómo el gobierno de Sarkozy, por ejemplo, ha tenido que cambiar la estrategia de ratificación del Tratado, denegando las posibilidades de un escrutinio popular sobre el asunto; o también podemos preguntarnos por la bajísima participación en los referéndum cuyos resultados fueron favorables a la ratificación, como el caso de España, con tan sólo el 42 %, donde no existió una campaña alternativa del no, y la desinformación se presenta como la respuesta más plausible, sino la única, que un observador objetivo pueda darse.
Otro dato importante es que durante los últimos 20 años, estamos asistiendo a una paulatina y constante devaluación de la participación electoral en Europa que, excepto en momentos muy puntuales, y dentro de los ámbitos nacionales, alcanza el 70% del electorado, pero que por lo general, y gracias a un aumento del esfuerzo institucional en gastos de propaganda, apenas se consiguen participaciones del 50% del electorado. A menudo se culpa de esta situación al desinterés y la comodidad del ciudadano, pero esto sólo es fruto de una visión superficial de la realidad social y política de nuestras sociedades.
¿El ciudadano europeo no quiere o no puede participar políticamente?
Hoy sabemos que el ciudadano europeo quiere participar políticamente. Su opinión, gracias a la confrontación colectiva y a la necesidad de seleccionar, contrastar y depurar una ingente cantidad de información, esta mejor formada, lo que le hace sentir un mayor deseo de implicación en los asuntos de la vida pública, a menudo imbricada hasta tal punto con la vida privada que ambas vienen a ser las dos caras de una misma moneda. Pero cada vez lo tiene más difícil, debido a la usurpación que, organizadamente, han venido haciendo tanto instituciones como partidos políticos, de las funciones reivindicativas y representativas propias del asociacionismo clásico, actualmente en vías de extinción. Esta situación provoca cada vez mayores cotas de frustración política en el ciudadano, un sentimiento que recoge el Instituto Nacional de Estadística a través de la Encuesta Social Europea, y que en su tercera edición para el periodo 2007 nos informa de que el promedio de confianza del ciudadano europeo hacia los políticos y su eficacia (3,6 en una escala de 0 a 10), así como su interés hacia la política (3,5), anda por los suelos.
Sin duda, Internet y el grado de libertad alcanzada a través de una comunicación libre de “censura”, es decir, sin coerción, que ha permitido el debate, la discusión y el discurrir libre de la información a través de foros, y otros mecanismos digitales de interacción humana, han favorecido el cambio de aptitud social que se esta produciendo no sólo a nivel europeo.
Pero entonces, ¿qué Europa queremos los europeos?
Cualquiera con un mínimo interés por la teoría política podría, dedicándole muy poco tiempo, descubrir que por cada perspectiva política diferente hay un concepto de libertad diferente, y aunque a veces dichas diferencias consisten en simples matices, estos pueden alcanzar polaridades del grado existente entre la tradición liberal política estadounidense y la europea. Pero, de entre todas las geometrías de pensamiento trazadas en el último siglo dentro del marco del liberalismo, es en el propio concepto de libertad donde hallamos el denominador común.
Efectivamente, definir libertad comotoda ausencia de coerción es causa última de toda corriente liberal desde el siglo XVIII, así como un principio interiorizado, deseado y perseguido por la gran mayoría de ciudadanos occidentales hasta nuestros días. A partir de esta primera definición de libertad, que más tarde unos pasarán a considerar como un principio y otros como un fin, el pragmatismo político irá añadiendo ideas y matices teóricos que posteriormente buscará transcribir sobre la realidad en forma de estatutos, artículos y leyes, levantando poco a poco sus particulares muros de libertades. Así las cosas, destacaré dos teorías políticas, o mejor, dos matizaciones diferentes a partir del primer concepto de libertad, y que son de máxima relevancia en nuestro tiempo.
A un lado están los que asocian libertad con oportunidad, entendida como opción, afirmando que una sociedad es más libre en la medida que sus individuos tienen un mayor número de oportunidades u opciones para lograr sus fines, pero puntualizan, una cosa son las oportunidades que la sociedad da a la persona y otra cosa es que la persona aproveche o no dichas oportunidades. Para este grupo, desigualdad y libertad no sólo no están reñidas sino que la segunda sin la primera es, literalmente, imposible. Sin embargo, al otro lado están los que asocian libertad con capacidad, en referencia a las capacidades humanas y su desarrollo, quienes, respecto a la capacidad humana para tomar decisiones, por ejemplo, hacen un mayor hincapié en el espacio reflexivo que se abre en la persona a la hora de tener que tomar una decisión, e inmediatamente anterior a ésta. Con independencia de la cantidad de oportunidades u opciones que la sociedad provea, su principal interés será garantizar que la capacidad de la persona a la hora de tomar decisiones este libre de toda coerción, incluyendo el ocultamiento total o parcial de información.
En este sentido, el premio Nobel, Amartya Sen,cree que la experienciadel último medio siglonos enseña que la objetividad en la ética y en la filosofía política, se halla esencialmente vinculada a la necesidad de someter creencias y propuestas al escrutinio de debates y discusiones públicas, y éste, a mi modo de ver, es el criterio que mejor orienta la respuesta a la pregunta que nos hemos formulado: ¿Qué Europa quiere el ciudadano europeo?, una Europa que no merme sus capacidades en general, y en particular su capacidad de decisión, de reflexión y de participación política, o sea, lo que hemos venido a llamar Europa social.
Los representantes políticos a menudo le confieren a la libertad una utilidad política de baja rentabilidad, considerándola poco oportuna en algunas ocasiones y en otras ineficiente, pero, como dijo Hannah Arendt, la libertad es un don de la especie, un don que “anima e inspira todas las actividades humanas, y constituye la fuente oculta de la producción de todas las cosas grandes y bellas”. Y precisamente, por eso mismo, los políticos se equivocan.